Educación y poder (I)

 Malala Yousafzai

Malala Yousafzai

“Un niño, un maestro, un profesor y un lápiz, pueden cambiar el mundo. La educación es la solución”. Así se expresó en la ONU, Malala Yousafzai, la niña de 16 años que sobrevivió al ataque talibán a un autobús escolar en Pakistán en su línea de prohibir la asistencia a la escuela de las niñas y privarlas de su derecho a la educación. Un ejemplo más de que la pugna por controlar la educación no es un asunto cualquiera, y que no conoce ni tiempos ni fronteras. En nuestro país, el discutido ministro Wert, ha logrado que se apruebe recientemente una nueva ley de educación, respaldada exclusivamente por los votos del partido en el gobierno, y criticada por el resto de la oposición. Ley que a su vez sustituye a una anterior cuya aprobación contó con los mismos bandos, pero en posiciones contrarias. Y no es la primera vez, ni quizá la última.

La razón de esta perenne confrontación la podemos encontrar en la tercera acepción que la RAE prevé para el término educación: “instrucción por medio de la acción docente”. Que a su vez nos lleva a reflexionar sobre que “instruir”, según la misma institución, es “comunicar sistemáticamente ideas, conocimientos o doctrinas”. Y claro, la oportunidad de tener a un público cautivo al que inseminar gota a gota, día tras día, año tras año, unas determinadas ideas es una tentación irresistible, en especial para quienes pretenden dirigir los destinos de los demás. Porque si admitimos que, como refrendan numerosos estudios, nuestras creencias más profundas se instalan en cada uno de nosotros en los primeros años de nuestra vida, un sistema educativo que abarca en torno a 20 años en su versión más extendida es un mecanismo goloso para el poder. Y es que aunque reconozcamos en último término la libertad individual para procesar la información que se recibe, es evidente que en los primeros años de nuestra vida no disponemos de la lucidez y el criterio para discernir lo cierto, de lo sesgado. En relación con esto, Foucault (1926-1984) reflexionó sobre la escuela como expresión de mecanismos de poder, y de sus técnicas de “serialización” y jerarquización de personas, de los recursos humanos. De ahí la importancia de la cultura en la formación de la personalidad, y por ello el intento de controlar en la medida de lo posible los diversos elementos que la componen, desde el estilo político a la religión, pasando por las costumbres, la moral y las manifestaciones artísticas…Por ejemplo, Oliver Cromwell (1599-1658) que derrocó al rey de Inglaterra Carlos I, primer monarca occidental que fue ejecutado públicamente, solo permitía la impresión de aquellos libros que él había leído y aprobado personalmente. Al menos no los prohibía todos, como sucede en el filme Fahrenheit 451, dirigido por Truffaut (1932- 1984) y basado en la novela de Ray Bradbury (1920-2012), en el que el gobierno impedía leer porque de ese modo los seres humanos empiezan a ser diferentes, cuando el objetivo es que sean iguales, y por ello ordenaba la quema de todos los libros, que entraban en combustión a esos 451 grados Fahrenheit. Y esto no ha sido una excepción en la historia de la humanidad; filtrar la información que interesa y dejar pasar solo la que ayuda a conseguir nuestros propósitos, es algo connatural a los seres humanos en todos sus ámbitos de relación: familiar, laboral, de amistad, en la política…Publicado en Valencia Plaza, 22 octubre 2013.